Del abandono por parte de Dionisio.

Marco Antonio, amante de Cleopatra VII, vencido ya por Octaviano (César Augusto) y muy entrada la noche en la por entonces ciudad cosmopolita de Alejandría, escucha el sonido lejano -que aumenta poco a poco, hasta hacerse insoportable-, de un canto sobrenatural. Sabe de qué se trata. Un coro. Gritos salvajes. El coro de las bacantes. Y supo que su dios y a quién él mismo se suponía semejante, le abandonaba. Antonio opta por dejarse caer sobre su espada y morir.

Plutarco (Vidas paralelas, Cap. 75) dice:

Se cuenta que en aquella noche, como al medio de ella, cuando la ciudad estaba en el mayor silencio y consternación con el temor y esperanza de lo que iba a suceder, se oyeron repentinamente los acordados ecos de muchos instrumentos y gritería de una gran muchedumbre con cantos y bailes satíricos, como si pasara una inquieta turba de bacantes: que esta turba movió como de la mitad de la ciudad hacia la puerta por donde se iba al campo enemigo, y que saliendo por ella, se desvaneció aquel tumulto, que había sido muy grande. A los que dan valor a estas cosas les parece que fue una señal dada a Antonio de que era abandonado por aquel Dios (Dionisio) a quien hizo siempre de parecerse, y en quien más particularmente confiaba.

Uno de los poemas más bellos y dolorosos de uno de los poquísimos verdaderos poetas del Siglo XX, el griego Konstantinos Kavafis, El dios abandona a Antonio, versa así:

Cuando a medianoche se escuche
pasar una invisible comparsa
con música maravillosa y grandes voces,
tu suerte que declina, tus obras fracasadas
los planes de tu vida que resultaron errados
no llores vanamente.
Como un hombre preparado desde tiempo atrás,
como un valiente
di tu adiós a Alejandría, que se aleja.
No te engañes
no digas que fue un sueño.
No aceptes tan vanas esperanzas.
Como un hombre preparado desde tiempo atrás,
como un valiente
como corresponde a quien de tal ciudad fue digno
acércate con paso firme a la ventana,
y escucha con emoción -no con lamentos
ni ruegos de débiles- como último placer,
los sones, los maravillosos instrumentos de la
comparsa misteriosa
y di tu adiós a esa Alejandría
que pierdes para siempre.

Kavafis, al fin poeta, al fin un mediador de la diosa, de la musa, del Verbum, supo. Se ha dicho que sólo hay dos opciones en el culto dionisíaco: seguirle y morir (ser iniciado) y resucitar a otro estado de cosas en vida o ser abandonado y enloquecer y morir literalmente. El primer caso implica asistir al psicodrama implícito en los Misterios de Eleusis con su parafernalia de muerte estacional (invernal) y resurrección primaveral; el segundo, la locura que -ya no ritual o extática-, siempre conduce al suicidio.

Pero ¿qué significa el suicidio en el caso de un dios tan caprichoso como Dionisio, Señor de las Máscaras, Libertador y Deshinibidor, el Conductor de las Almas? ¿Realmente es un abandono? Yo tengo que en realidad Dionisio marca un límite para sus seguidores. Como apunta Kavafis, Antonio no es “abandonado” en la nada sino invitado a ser valiente para seguir al dios. Me explico: suicidarse es aceptar el fin de los placeres dionisíacos en vida y si el dios canta y se aleja es porque nos invita a seguirle en la Otra Vida. Por supuesto que puede parecer que, en medio de una guerra, un dionisíaco como el guerrero Marco Antonio, que opta morir, puede darnos la ilusión de que ha sido derrotado pero sólo un iniciado como él podrá escuchar el Tíaso y seguirlo resueltamente cuando se aleja. Dionisio es un conductor de almas: que se distancie es, entonces, una invitación a ir tras de sí y de su corte de sátiros, ménades y centauros y gozar del Misterio Mayor que se resuelve en la cueva de Eleusis: la apertura de los ojos.

El “abandono”, pues, es un Don en el sentido más profundo: Se nos ha hecho un regalo. El otro caso, para quienes optan por el rechazo consciente del culto es la muerte sin los beneficios que otorga el dios, como le pasó a Penteo o a Licurgo. Dionisio es un dios de la trascendencia: morir para seguir el Tíaso implica que ya hemos cumplido como Hombres y mientras Apolo es patrono de artistas humanos, Dionisio es el artista divino: su culto implica que el ser dionisíaco ya ha trascendido la mera figura de Hombre y se ha convertido en una Obra de Arte en manos de Eleuterio, el libertador, que es uno de los nombres con los cuales se conoce a Dionisio.

El dios ha moldeado la arcilla del cuerpo y ha abrillantado la gema divina del alma. De esta forma Marco Antonio entraba ya en la leyenda.

Pé de J. Pauner.

Imagen: Sarcófago con procesión dionisíaca. Museo Metropolitano de Nueva York.

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El fin de la esperanza

La débil Esperanza no habría allí volado

y en vano agitaría sus alas de oropeles.

Andrew Marvell

Hesíodo, en Los Trabajos y los Días y en su Teogonía, narra cómo Pandora, mujer tan bella como curiosa, tonta, malévola y perezosa (la primera de una larga estirpe de mujeres iguales a ella, por supuesto, el principio de la frivolidad), abrió, por fin, la caja de los males que infestarían y acabarían con el género humano, aun cuando se le había advertido que nunca lo hiciera.  De la caja brotaron la Vejez, la Fatiga, la Enfermedad, la Locura, el Vicio y la Pasión, en forma de una nube que hirió a Pandora y a Epimeteo, hermano del titán Prometeo, que se había atrevido a robar el fuego de los dioses para entregarlo a su creación, el Hombre. La nube los golpeó en todo el cuerpo y luego escapó para asolar a los mortales humanos.

Pero algo había quedado en el fondo de la caja al final, y brotó en forma de chispa: la Esperanza Engañosa, que disuadió a todos de cometer un suicidio general con sus mentiras.

¿Cuántas veces hemos estado aferrados a la esperanza sin saber que es uno más de los males que devastan el mundo? La Esperanza Engañosa, la que nos obliga a esperar mejores tiempos, la que pospone lo inevitable. La que ciega.

Ésta fábula antifeminista por parte de Hesíodo, como bien señala Robert Graves, desdeña el papel de la diosa creadora siendo la mujer una parte más de la creación y, sobre todo, una criatura tan estúpida como para contaminar la Tierra. Es la misma fábula (ya re elaborada por los mitógrafos) que se repite en el Génesis con una Eva seducida por la serpiente, cayendo en el pecado y arrastrando en su caída al hombre.

Es, en la mente del pastor y agricultor Hesíodo, donde la esperanza se transforma en uno más de los males, habituado a la espera, a la incertidumbre de las cosechas, convencido que vivía en la peor época de la humanidad (la Edad de Hierro) que no era otra cosa que el recuerdo difuso de las invasiones dorias del Siglo XIII a. C. cuando sus guerreros usaban armas de hierro y constituyeron el cataclismo para la civilización micénica.

Pero algo había aprendido el pastor de sus experiencias amargas, de la espera no siempre satisfactoria de las cosechas, algo que trascendió cuando dio por escrito su fábula moral sobre las Cinco Edades del Hombre donde pueden leerse las vicisitudes de Pandora, Epimeteo y Prometeo: si el fuego que calentó a los hombres en sus noches primigenias, y le permitió sobrevivir, es el símbolo de la tecnología y de la ciencia (y de las miles de historias contadas al calor de la hoguera y, con esto, de la liberación de la conciencia humana) y nos ha permitido ocupar el sitio actual en el planeta, también ha tenido una aliada inesperada.

La ciencia se desarrolla a la par que la esperanza por mejorar el entorno, la vida humana, la sujeción de la naturaleza, con resultados más o menos constructivos, la misma que, última en salir de la Caja de Pandora, ha engañado siempre a la humanidad.

Seguimos esperando algo que no sabemos, pero el planeta parece deshacerse en nuestras patéticas manos, mientras tanto, más allá de cualquier edad metafórica del Hombre. Haría falta no esperar nada, destruir de una vez las expectativas, borrar las metas soñadas y alcanzar así el fin de la esperanza para desaparecer el más cruel de los males de la caja de Pandora. De esta manera la decepción del hombre actual ante su situación se tornaría, quizá, menos dramática y la caída a lo inevitable sería menos dolorosa. ¿Y cuál es la alternativa a tan esclarecedora decisión que, sin embargo, parece dolorosa? La Voluntad. La voluntad indomable del Hombre que es el actuar.

Y es que, el que espera, desespera…

Pé de J. Pauner.

Imagenes: representaciones pictóricas de John William Waterhouse y Jules Joseph Lefebvre sobre el mito de la Caja de Pandora.

Pandora. John William Waterhouse. Pandora. Jules Joseph Lefebvre.

De la falsa poesía.

Jamás me he considerado poeta pero irónicamente me han adjudicado el mote desde los tiempos en que estudiaba biología. Mis presentaciones científicas en los foros semestrales comenzaban con prólogos apasionados (los datos fríos llegaban a su tiempo y no obstaculizaban el método científico contrastando con la primera parte) que me ganaron el ser considerarme el “biólogo poeta” por parte de los directivos. Por supuesto que ellos ignoraban que mi fuerte era la narrativa y sólo lo supieron hasta que mis primeros libros fueron publicados.
Una vez instalado en este subgénero escritoras como la catalana-mexicana Blanca Mart continuaron llamándome “poeta” y algún otro también. Una vez más no dije nada. Encasillado en las ramas del erotismo, la ciencia ficción y el horror (por culpa de unos cuantos cuentos que yo no consideraba “puros” -¿habrá un género puro aún?-, sino una forma que me servía para expresarme) me topé con una frase que el escritor de ficción especulativa, el popular Dennis Etchison citó en el prólogo de su “Cutting Edge”:
“Los autores de relatos cortos en este país (Estados Unidos) están considerados sólo un escalón por encima de los poetas, quienes a su vez están un escalón por encima de los idiotas”.
Así que milito en dichas filas, me dije… y sonreí.
Entonces llegó Robert Graves (siempre el viejo mitólogo llega a tiempo) y me acordé de la Diosa Blanca. Comulgo con las inclinaciones neo paganas de Graves a través de las cuales consideraba la inspiración como desde antiguo se consideró, como algo que “ocurre” en el sentido divino, que penetra, que atraviesa, al poeta. Llámesele musa o espíritu santo la poesía era un capacidad inherente a un tipo de elegidos para comunicar la palabra sagrada. El poeta era un ser capaz de cambiar la realidad, de ahí que en latín la palabra “encantar” denote introducir -por medios mágicos-, a los oyentes de un poema cantado en la esencia de la canción: in-cantare (estar dentro del canto). Un chamán diríamos hoy por influencia de la antropología occidental.
Por lo tanto la poesía no es un don otorgado a todos. ¿A qué se debe el exceso de poesía actual, sobre todo de malísima poesía esgrimida a diestra y siniestra?
Dijo Alberto Moravia que sólo nacen tres o cuatro poetas verdaderos cada siglo y Robert Graves me aclaró la duda cuando leí lo que contestara en una entrevista que le hicieran Peter Buckman y William Fifield:

“P. B.:Usted escribió una vez que “el poeta-Musa debe morir por la Diosa como el Rey Sagrado lo hizo cuando fue una víctima divina”. A pesar de todo usted ha sobrevivido; ¿aún sostendría lo anterior?

“R. G.: Sí. Lo que ocurre con más frecuencia es que la Musa siente ya imposible sostener el amor de un poeta y se une por elección propia con un poeta postizo, aunque sepa que no es el verdadero poeta. Escoge a alguien con quien pueda jugar el papel de madre. Di todo el cuadro de eso en un poema que se llama “El impostor”. El proceso vuelve a empezar cada vez que el amor muere, algo tan doloroso como la muerte real. Siempre hay un asesino alrededor, siempre hay un personaje “impostor”. El rey o el poeta representan el crecimiento, el rival o doble representan la sequía”.

Esa es la clave. La Musa es veleidosa y toca muchas cabecitas ingenuas hoy en día. Lamentablemente esas vacuas cabezas no tienen ni la más remota consciencia que algo más grande que sus palabras juega con ellos pero siempre existe la posibilidad que sus “poemas” sean barridos por los aires del tiempo en su justa medida debido a la extensión de su inherente mediocridad.

Pé de J. Pauner.

Pintura: La tumba del poeta de Pedro Sáenz Sáenz.
Se puede leer el poema “El impostor” traducido al español aquí:
http://circulodepoesia.com/nueva/2013/09/robert-graves-segun-jorge-contreras/

La tumba del poeta-Pedro Sáenz Sáenz

Cántico de un amante que gira bajo girasoles una mañana de primavera.

Para Paulette Bayardo Gustin.

Unos días después de la noche del Nouruz se levantó y se echó la Khirca sobre los hombros. Salió de la tienda y el sol le dio de lleno en los ojos.
-Me deslumbras tanto como ella –dijo a las corrientes del día que se apresuraban en convertirse en horas humanas: un pastor conduciendo cabras, un jinete con un halcón en el brazo, un peletero con un bulto en la espalda.
-Recuerda lo que dijo Maulana: “El samá es un camino y una puerta al cielo, el samá es pluma y ala del pájaro del alma, pero el samá contigo es otra cosa, como la plegaria que resguarda al Profeta”. –Su padre apareció a su lado, inquietándole un poco.
-Es eso lo que siento por ella: es una danza, como lo que los griegos decían sentir cuando el dios del vino los poseía. El éxtasis. Así la concibo en mis brazos, padre, en el samá más íntimo y sagrado. Sí… una danza ardiente, como dos velas quemándose al unísono.
-¡Estás enamorado! –su padre sonrió ante el símil que intentaba ser algo más que cursi y trillado.
Un grupo de Ulemas pasó caminando encima de la colina más cercana, parecía que en cualquier momento se despeñarían y caerían entre las ovejas que pastaban debajo.
-Eres como ellos –les señaló su padre-: lo sabes todo y no lo sabes nada. Eso es estar enamorado.
-Shams –abrió la palma de la mano al sol-, muéstrame el camino.
Y echó a andar.
-¿Dónde vas? –preguntó su padre.
-¡A ver a la mujer de las hierbas! Creo que ella podría poner remedio a esto.
-No hay remedios para el amor hijo, el amor es el remedio.
-Eso me temo padre.
Se fue caminando y ya no volvió la cabeza. La cueva de la vieja estaba muy arriba en la montaña. Era fácil confundir los peñascales cuando se desprendían por los corrimientos de tierra. Por fin dio con la entrada entre las tantas oquedades. Decían que o ella cambiaba de agujero para vivir o los agujeros en la pared de la montaña eran los que cambiaban ora moviéndose a lo largo, ora arriba y ora abajo del muro.
Asomó la cabeza, tímidamente. Desde dentro el aroma a maderas preciosas quemándose en una hoguera sagrada le inundó la nariz con picores agradables y fríos. Le expandieron la mente en cuanto llegaron a su cerebro.
-Mi padre fue un Sheij –la mujer, tan vieja como un olivar y así de retorcida apareció a su lado inquietándole un poco- ¿Sabes los múltiples significados de esa palabra?
-Mi padre me los ha dicho.
-Tu padre es un sabio aun así has venido a mí. Dímelos.
-¿Es una prueba?
-Compláceme.
-Su significado es vario y uno solo: un cocinero y un cuenco. Un cocinero porque sabe mezclar las cosas del pasado en el presente volviéndolas una a través de la experiencia. Es un cuenco porque se llena y vacía desde todos y para todos. Es un espejo también. Nos vemos a nosotros mismos en el Sheij pero invertidos. Es como ver el alma: somos y no somos. Somos porque nos habita pero no somos porque está más allá de la carne y la trasciende.
-Hablas como un buen alumno…
-Lo que quiere decir que digo puras metáforas ya usadas antes por otros. Lo sé. Me han dicho que nada de esto se debe explicar con palabras.
-Bien. La búsqueda de ese cocinero era alcanzar el Fana pero su cuenco se quedó vacío.
-Entonces… -dudó-. Entonces alcanzó el Fana.
-No lo sé. Tampoco sé si alguien podría saberlo. Lo tuyo es más fácil pero también se parece a su búsqueda. La quieres. Tu cuerpo y el de ella en el Fana.
Sintió que una extraña erección le abultaba entre las piernas. Aquello era erótico y obsceno porque en ello se confundía lo sexual con lo sagrado.
-No te disculpes –la vieja señaló su erección bajo la khirca-, el Hombre no puede concebir esas dimensiones divinas sino es a través del lenguaje de la carne. Maulana hablaba así por eso: “Nuestro cuerpo terrenal es reflejo del firmamento”. Pero también quiso decir otras cosas.
-¿Qué hago?
Él se sintió angustiado ante tanta perorata que, aunque santa, no le llevaba a lo que realmente le importaba.
-Te ha dejado una cosa. Un baraka. Fihi ma Fihi.
La vieja entró en la cueva. La oscuridad la encerró, sólo el humo blanco seguía saliendo en una columna ascendente que separaba el cielo en dos. Cuando volvió le entregó algo que él confundió con una piedra amarilla.
-¿Fihi ma Fihi?
-“Es lo que es, contiene lo que contiene”. ¿Ves la hebra de su cabello dentro? La envuelve y protege resina de siglos. Las antepasadas de ella la han llenado y vaciado con sus cabellos cada cincuenta años. Cada vez que deseaban mostrarle a quien les amaba que ellos eran correspondidos.
-¿Qué significa? –Él sonreía sin cerrar la mano en el objeto.
-Te da su cabello. Las hebras que se le desprendieron cuando se peinaba por la mañana en la intimidad. Eso es suficiente.
-¡Me ama! – Exclamó desde el borde de la cueva, al precipicio, al viento y el humo-: ¡Me ama! –Repitió. Se fue bailoteando hacia el campo de girasoles que la vieja había sembrado cerca de la cueva. Ella reía al mirarlo. Cuando regresó la vieja le miró ceñuda y él respiraba entrecortadamente por el esfuerzo del baile sin dejar de ver a la distancia.
-En la noche habrá promesas y muchos peligros… Recuerdo el poema de aquella mujer griega, Safo de Mitilene: “Héspero, traes todo aquello que Aurora luciente sacara: traes a la oveja, traes a la cabra; de su madre a la hija la apartas”. Maulana dijo: “¿Sabes lo que es la noche? Escucha tú que eres sabio: es lo que separa a los enamorados de todos los demás. Sobre todo esta noche, pues la luna está en mi casa, estoy ebrio, la luna enamorada y la noche loca”.
La anciana tentó su espalda. Él volteó.
-Agáchate –él lo hizo-, arrodíllate-. Ella puso las dos manos sobre su cabeza y él comenzó a ver cosas. Los ojos se le abrieron hacia dentro.
Y se vio acercándose a la tienda de ella, entrando en la tienda de ella, oliendo en la oscuridad y entre almohadas el cuerpo de ella, acariciando su cabello, desnudando su cuerpo. Dividendo la oscuridad la penetró, sudaron juntos, gimieron juntos, se abrazaron y cayeron rodando sobre el suelo. Permanecieron unidos y en un beso, abrazados, llorando en silencio, largo tiempo. Entonces el cuerpo del padre, del hombre que no quería ser su suegro, apareció en la tienda con un puñal en la mano. Y le abrió en dos el estómago. Él se vació a los pies de su amada sin dejar de mirarla mientras la noche caía sobre sus parpados. Gritó. Y dejó de ver.
-¿Eso pasará?
-Eso si no tienen cuidado. Pero para mí es fuente de satisfacción ayudar a los amantes y a los enamorados. Ustedes ya no son enamorados. Serán más, sin duda. Esta noche. ¿No ha dicho Maulana “la luna está en mi casa”? Ven conmigo.
Entraron en la oquedad. Él tuvo que agacharse para caber dentro. La mujer era tan bajita que entró sin llegar al techo. Le llevó al fondo. Había un círculo de papel plateado pegado en la pared. Brillaba como la misma luna.
-Ahí se amarán esta noche. Ven- dijo, con dedos que se le metían en la carne le obligó una vez más a arrodillarse-, aquí la esperarás.
Ella llegó en la noche, cumpliendo la profecía siempre certera y repetida del poema de Safo.
-Llegas a tiempo –dijo la vieja, mirando el negro profundo de los grandes ojos de ella-, te espera. Estás hermosa esta noche… como todas las noches.
Luego comenzó a recitar un poema de Rumi y a sonreír pícara mientras danzaba:
Tú, que revelas mi estrella y mi destino, no te duermas.
Tú, esplendor de la primavera y el rosedal, no te duermas.
Tú, el de los ojos ebrios y crueles, no te duermas.
Esta noche es la noche del arrebato, pon atención, no te duermas.
Ella le dio una luna de papel a cada uno y los separó riendo cuando aún se besaban y no querían dejarse. Cuando se fueron, cada uno por un sendero distinto, la anciana reía sobre el borde de la cueva. La mañana llegó con cantos de ruiseñores.
Se amaron en la luna cada noche y los padres de ella no se enteraron de su primera salida ni de sus siguientes escapadas. El padre de él, en cambio, veía desaparecer al hijo en la luna de papel y no podía evitar mirar de reojo ese amor arrebatado, desnudo y tan carnal que hasta el mismo papel se humedecía y fluía. El padre entonces se retiraba discreto y boquiabierto.
Un día ella tuvo náuseas mientras sacaba agua de un pozo y su padre supo de su estado más no quién era el padre de la criatura. La encerró en la tienda tras abofetearla varias veces y puso dos guardias a la entrada. Fue uno de los guardias quien le dio aviso de que ella escapaba de manera misteriosa todas y cada una de las noches dejando la tienda vacía. Su padre espió escondido y por fin contempló el prodigio. Cuando se acercó también miró al círculo plateado escurrir. Cegado por la furia cogió la luna entre los dedos y la estrujó. Luego decidió arrojarla a la fogata de fuera y mientras ardía él pudo ver a su hija y a su amado cercados por las llamas y cómo se les encendían las carnes y horrorizado intentó sacar el círculo de entre el fuego y las brasas con un palo, con la mano, con los dedos, pero fue inútil. La luna de papel se quemó hasta hacerse cenizas.
En su cueva la vieja sintió que algo andaba mal. Salió al borde y atisbó la luna. Una luna roja, enorme, llena, flameaba en el cielo estrellado y parecía que encendía todas las estrellas y la bóveda misma del universo.
-Esta noche es una noche que es el alma de todas las noches –dijo, recordando a Rumi, el Maulana, el Iluminado-: Bendecidos sean.
No pudo evitar enjugarse una lágrima con el dorso de la mano y yo no puedo evitar decirlo a pesar de que parezca cursi un gesto como ese en estos tiempos de metal que corren, lo que sé es que desde entonces surgió un dicho: La noche se hizo para amar y la luna es para los enamorados.
Esa es la leyenda y creo entender lo que Maulana quiso decir cuando dijo: “¿Qué puede ser el amante sino aquello que ama?” Pero luego me asalta la duda y recuerdo este otro texto: “Siempre es lo mismo, cuando termino un poema me sobreviene un gran silencio, y me pregunto por qué se me ocurrió usar palabras”. Sí, es entonces cuando guardo silencio. Un silencio reverente. Me quedo callado. Y sé que yo mismo soy ese silencio.

Pé de J. Pauner.

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El toque de Dionisio.

Para un ser dionisíaco es mejor ser pasado que presente.
Haber sido copa vaciada que siempre se vuelve a llenar.
Ser referencia “en la nueva felicidad” de alguien.
Haber dejado una cicatriz.
Haber sido fuego y ardor.
Ser pasado implica ser memoria entrañable, agradable o desagradable….
pero memoria.
La visión dionisíaca del mundo implica entender que la felicidad no existe como peñón a alcanzar sino en el momento a vivir.
Extendemos lo ígneo a todos y todas: hacemos arder, mutamos y transmutamos.
La Pansexualidad.
La voluntad implica dejar de ser víctima, dejar de cargar fardos innecesarios, ser amo y aspirar al éxtasis a través de la oscuridad, la exuberancia, el desenfreno y el instinto: otra forma de domar el cuerpo y conocerse.
Ya lo expresó William Blake: el camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría.
Cuando “el libertador” (Eleuterio, otro nombre para Dionisio) alcanzó Grecia desde las costas de Asia, las mujeres abandonaron los lechos enfriados de sus maridos.
Una orgía que amenazaba con ser perpetua se extendió por las playas.
Los Hombres conocieron su propio temor y las Mujeres conocieron la extensión ampliada de su propio terror.
Ellas entendieron que sólo las mujeres conocen a Dionisio pero los hombres asumieron que sólo ellos se pueden convertir en Dionisio.
Las artes florecieron.
El mundo supo -a través de Grecia-, que la voluntad es una red que se tiende sobre todas las apariencias.
¡Sed libres y danzad a mereced del dios que abre los ojos!
Y es que yo las quiero libres, brujas, bacantes, gorgonas, que recuerden la llama que encendí en vuestras almas y corazones…
Vayan y enciendan otros lechos
otros corazones
quemen otras existencias
que yo sigo y danzando y cada giro quema…

Con dedicación a unas cuantas que me son llamas azules en el matraz del corazón.

Imagen: La orgía. Los romanos de la decadencia. 1847 por Thomas Couture. París. Museo d’Orsay.

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De las dos hogueras.

Cuando regresé a la Ciudad de México a establecerme para vivir ahí por segunda vez llevaba como libro de cabecera una de las narraciones magistrales de Arthur Schnitzler, “El retorno de Casanova”. Hice la lectura de una sola vez (desatendiendo la película que puso el conductor del autobús que me llevaba), para no deberle nada a mi propia angustia de lecturas por hacer y no hechas. 
Pero sí me angustié y me sorprendí en un pasaje, aquél dónde un Casanova viejo y desnudo como un gusano pierde la dignidad en un jardín nocturno.
Fue una catarsis y supe que, cómo tal, se quedaría en el papel. Estaba preparado para no sentir el frío de la “city” y hacer arder a tres o cuatro personas en otros tantos lechos que no habían escuchado ni de Schnitzler ni de sus obras.
Casanova transmutaba en Dionisio y aprendía de sus errores: la carne arde en una llamarada roja de pasión y padece pero debe transmutarla en llama azul y congelarla en el corazón. Así arderá por siempre. Y… sólo así no se envejece.

Pé de J. Pauner.

 

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En el fluir.

Yo soy el filo de la espada,
no la herida que supura,
soy el fuego que quemaba,
no el leño abatido,
soy el viento que soplaba,
y la campana que resuena,
la espina de la rosa,
no el perfume diluido,
la corriente del río,
no la rueda del molino,
soy el rayo que engendra,
y el muérdago
al árbol adherido,
soy de la estirpe de mi Padre,
madera de roble,
roca, lanza y flecha,
pero también tan flexible
como el junco
y así de inquebrantable.
Soy la hoz dorada
y el brebaje
en la sangre del guerrero
y la fuerza dormida en la
manzana.
Soy el Bardo, el Vate
y el Druida,
los tres grados en el Uno
y cada uno separado
cuando hay que fluir por
el camino.

Pé de J. Pauner.

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